Quizá te vuelva a ver Fernando (cuentos de autobus)
A veces me dan ganas de ser una cámara de video, de que mis ojos sean una cámara de video y puedan captar los momentos de vida que se van perdiendo en cada viaje. Hoy conocí a Fernando, “hoy conocí” es una manera de decirlo, realmente no lo conocí, él se presentó, bueno, eso es también otra manera de decir, porque en sí no se presentó, sino que hablaba muy alto y todos podíamos enterarnos de lo que le pasaba. Fernando ha tenido la mala suerte de cruzarse con un escritor que oyó su vida y le dio ganas de escribirla.
Tener sesenta años y sentirse solo. Tener sesenta años y ser un hombre. Tener sesenta años y ser un hombre casado con una mujer que en este momento está a varios kilómetros de distancia, quién sabe con quién, pero a quién aún se le puede mentir con la esperanza de despertarle a ella los mismos celos que siente él por saberla lejos. Tener sesenta años y decir “a mí me gusta experimentar de todo” en una comunicación interrumpida donde los voyeristas que lo acompañamos sin acompañarlo no entendemos, a menos que infiramos objetivamente, que Fernando habla de bailar y no de una vida libertina, sino libre. “me gustan todas las músicas” agrega luego de un rato y las risas burlonas de los voyeristas – me incluyo – se calman -Fernando no era gay – y el viaje sigue.
Fernando tiene una hija que lo saluda cariñosamente, debe tener veinte años, no debe llegar a los treinta, se oye joven, no solo por la voz en el altavoz, sino por lo que contesta, por ese vivir de prisa, por esa sensación que deja a su oyente de estar “viviendo algo” y que no quiere ser interrumpida, por esa sensación de “papá no me importas”, tampoco me importa la abuela ni su misa de sanación, ni siquiera la misa de sanación de mi alma. Y la hija cuelga con un frío chau tan distante del cariñoso “hola papi”.
A la dos les dijo por teléfono que se sentía mal, a las dos les dijo que estaba deprimido, ninguna lo oyó. Fernando es un viejo de sesenta años que tiene la cortesía de decir “por favor” y “gracias” a un chofer y un cobrador de combi que simplemente cumplen su trabajo al dejarlo en el paradero exacto. Fernando cree en Dios y miente solo para causar celos o tal vez para ocultar un dolor más grande. A la mujer le dijo que se iba a una fiesta, que había estado vagando, a la hija le dijo que había estado viendo a su madre enferma. Fernando tiene una madre enferma que le duele. Fernando se ha bajado en el paradero en el que el chofer amablemente le dejó viajar… han pasado dos horas, tal vez más y aún me acuerdo de ti, tal vez mañana te olvide, tal vez seas otro viejo de sesenta años que hable en voz alta en un carro lleno con la esperanza de que alguien, siquiera alguien lo escuche, aunque no sea de su sangre, ni de su alma: YO TE OÍ, aunque tú no sepas que te estaba escuchando y que me conmovió tu vacío. Tal vez me haya visto a mí mismo en cuarenta años o tal vez vi… a mi padre en diez años, pero eso es menos probable. Quizá te vuelva a ver Fernando, en diez años.